Chapter Text
Maven.
Dos años atras.
Caminé a través del pasillo oscuro, la única luz que evitaba que tropezara o rompiera algo que no iba a poder pagar ni con mi propia vida era la linterna que llevaba.
Maldije fuertemente cuando el cielo rugió furioso. La lluvia había empezado hacía dos horas y no se había detenido ni siquiera para dar un suspiro. No me había importado al principio, hasta que cayó un rayo y la luz se fue por completo en el lugar.
No odiaba mi trabajo y no odiaba tanto mi vida. Lo que odiaba era que las cosas no resultaran como yo esperaba.
Así que no me había quedado de otra más que ir a revisar el generador de luz al sótano, el cual se suponía que debía haberse encendido hacía minutos.
Trabajar como guardia de seguridad en un museo era el mejor trabajo que había encontrado para pasar mis vacaciones de verano. Claro que no parecía la gran cosa, excepto esos días en los que podía meter de contrabando a mis amigos y fumar algo de yerba.
Me acababan de cambiar al turno de la noche hacía una semana y así duraría otras tres.
Ajusté mi ligera chamarra cuando un fuerte viento azotó los cristales. Y maldije al mal clima por haberme arruinado los planes para esa noche.
La única ventaja que podía verle es que, al menos, no tendría que compartir mi cubo de azúcar mágico.
El museo estaba ubicado en el centro de un extenso jardín rodeado de árboles gigantescos, de caminos para bicicletas y áreas para hacer picnics.
Por supuesto, en el día era agradable de ver, pero por la noche... Intenté no pensar en todas las películas de terror que había visto en mi vida.
Había al menos unas cuarenta habitaciones repartidas entre los dos niveles. Todas tan amplias como un salón de baile de la realeza, con techos altos sostenidos por columnas delgadas y pisos relucientes de cuadros grandes a blanco y negro.
Como el tablero de un ajedrez. Un humano podría fácilmente ser una pieza del juego.
Todo el perímetro del lugar estaba lleno de ventanales desde el suelo hasta el techo, lo cual dejaba a la vista el exterior del lugar.
Pensé que ya me había acostumbrado a la vista tenebrosa que se formaba durante las noches, pero con la llegada de la época de lluvias me di cuenta que solo había empeorado.
Afuera, las ramas de los árboles se agitaban con fuerza por el fuerte viento. Sin olvidar el sonido del mismo llenando cada rincón. Era peor que una película de terror.
Toda esa oscuridad y fiereza comiéndose al mundo, chirriando y azotando todo a su paso, iluminando el cielo de vez en cuando con sus rayos y truenos sólo para revelar más sombras horribles y distorsionadas.
Y para la peor de mis suertes, me había dejado sin luz.
Traté de no mirar mucho hacía las ventanas, concentrándome en mis pasos apresurados por el pasillo y en que la batería de la linterna funcionará bien.
Di vuelta hacía la izquierda y me detuve abruptamente cuando una figura enorme apareció enfrente.
Pegué un grito tan fuerte que solté la linterna.
Mi corazón tronó dentro como si fuera a salirse. Me tomó unos segundos darme cuenta que había llegado al área de las estatuas gigantes y la figura frente a mi era solo una de las cientos que había.
Aún con la mano en mi pecho y respiración acelerada, me agaché para recoger mi linterna y alumbré la estatua de la mujer que estaba al inicio del corredor. La miré con reproche y seguí mi camino.
Amaba las estatuas, pero jamás las de tamaño real.
Seguí andando, mentalizada de que las sombras humanas y aladas eran de las estatuas. Aún me faltaba cruzar otras dos salas enormes y luego bajar un tramo de escaleras hasta el sótano.
Me dije a mí misma que hacía esto solo porque necesitaba luz, si no hubiera mandado todo al diablo. Solo necesitaba encontrar el problema, resolverlo y listo. Si tenía suerte no me iba a tardar más de quince minutos.
Pero suerte era lo único que no tenía Maven D'Conti.
Y eso lo confirmé cuando cayó otro rayo en la distancia.
El cielo, la tierra e incluso el viento y la lluvia parecieron detenerse un segundo. El impacto había sido brutal... No, más que eso, el piso del museo había vibrado con el rayo, las ventanas retumbaron.
Me quedé quieta en el sitio, temblando. El ruido de la lluvia y el viento ahogaban mi respiración acelerada y el sonido del golpeteo de mi corazón asustado.
—Respira, Mav, solo es una mala noche —intenté tranquilizarme.
Tal vez mi cubo de azúcar consiguiera calmar mis nervios.
Me pasé una mano por el cabello suelto y tomé un suspiró hondo. Estaba a punto de seguir mi camino cuando mi vista periférica captó algo a mi derecha. Giré la cabeza para observar mejor, apuntando la linterna al mismo lugar.
La sala de estatuas de ángeles siempre me había parecido deslumbrante, pero esa noche me dio una sensación completamente diferente.
La hilera de estatuas proyectaron sombras inmediatas contra las paredes detrás.
Estatuas de tamaño real con sombras enormes detrás de ellas. Tenía que ser una mala broma de la vida.
Mis ojos siguieron con lentitud cada pieza de arte hecha. Llevaba el tiempo suficiente trabajando ahí para tener más o menos una idea de cuantas esculturas debía haber y donde deberían estar. Hasta que mis ojos se encontraron con un hueco extraño.
El corazón se me detuvo abruptamente para después lanzarse como una ametralladora.
Ahí, donde debía estar la estatua de un ángel siendo desterrado del paraíso, estaba vacío.
Imposible.
Parpadeé y miré en automático a la placa debajo solo para comprobar que debía ir una maldita estatua en ese lugar. La placa dorada con letras negras estaba ahí.
"La Caida "
Artista desconocido, 1700 aproximadamente.
Mis ojos volvieron al hueco donde debería estar la escultura que tan bien conocía, la había admirado durante mucho tiempo para saberme de memoria cada detalle de aquella obra.
Un pánico abrumador me invadió de inmediato.
—Maldita sea... —me llevé las manos a la cabeza, aterrada. —Se lo llevaron...
—¿Estás segura?
La voz masculina retumbó desde el fondo del pasillo.
Me giré de inmediato apuntando la linterna, pero esta cayó al suelo cuando me encontré con el dueño de aquella voz.
Estaba desnudo, descalzo y unas enormes alas obscuras detrás de él se arrastraban por el suelo.
Ese no era un humano.
No habia manera...
Tropecé conmigo misma cuando intenté dar un paso hacia atrás. No estaba segura de estar respirando, pero sabía que aquello no era una alucinación, lo sabía porque podía sentirlo.
Cada fibra de mi ser vibraba como un campo eléctrico, como si... un hilo se tensara en el aire.
—¿Por qué tanta prisa por irte? —inquirió el hombre ladeando la cabeza.
Su cabello oscuro cayó sobre su frente mientras una sonrisa lobuna se posaba en sus labios. La luz de la linterna apuntando desde abajo hacía que las sombras y sus rasgos fueran algo escalofriantes, siniestro.
Mis piernas comenzaron a temblar sin poder evitarlo. El hombre dio un paso al frente. El sonido de aquellas enormes alas rozando el suelo fue el único sonido que provocó.
—Tú, guardiana —habló de nuevo, saboreando sus propias palabras. —Qué inesperada casualidad —su sonrisa se amplió.
El cielo rugió en el exterior y recordé mi entrenamiento.
El entrenador de atletismo siempre decía: Cuando suene el disparo, corre.
Y eso fue exactamente lo que hice. Giré y me lancé hacia adelante con todo el impulso que pude reunir. El tirón de músculos que dio mi cuerpo tan repentinamente hizo que me dolieran las piernas, pero no me detuve.
Corrí sin detenerme, a oscuras porque había dejado la linterna, pero conocía bien el museo para saber en qué parte estaba, en donde debía detenerme y dónde girar. Tenía que encontrar la salida.
Así que mientras corría con todas mis fuerzas, intentando no patinar y caer, tracé un mapa mental. La salida principal estaba hasta el otro extremo, pero la salida de emergencia estaba a un pasillo antes del sótano.
Estaba cerca, pero cada segundo se sentía como una eternidad mientras mi respiración comenzaba a doler.
Todo lo que mi mente podía oír eran mis jadeos acelerados, el tormento de mi corazón despavorido y la lluvia azotando con fuerza las ventanas.
Corre, Maven, corre.
Me impulsé con más fuerza cuando sentí un escalofrío y viento helado a mis espaldas. Me llevó todo mi autocontrol no mirar hacia atrás. Sabía que si volteaba iba a ver algo tan horrible que iba a volverme loca.
El corazón me tronó de horror y alivio cuando me estrellé con fuerza contra algo duro.
Caí de sentón hacía atrás sin poder evitarlo, mi cabeza dio vueltas. Me puse de pie tambaleante, y controlando mis temblores saqué mi teléfono y alumbré la puerta de metal frente a mi.
Busque la llave correcta. Era la más grande de color dorado.
Abre la maldita puerta.
Sentí que estaba a punto de desmayarme. Mi pecho comenzó a doler por la falta de aire. La llave no estaba. Volví a repasar todas con desesperación, ninguna de aquellas abría esa puerta.
No, no, no...
—¿Buscabas esto?
Me giré de golpe estrellando mi espalda contra la puerta. Las llaves cayeron al suelo.
Él estaba al fondo del pasillo.
No podía verlo con claridad por la inmensa oscuridad a la que la luz del teléfono no podía alcanzar, pero sabía que estaba ahí. Tragué saliva con fuerza. A punto de colapsar.
Se escuchó que algo caía al suelo, rebotaba y luego se deslizaba. Cuando mire hacia abajo vislumbre la llave faltante a unos metros. Cinco quizás. No me atreví a moverme ni un centímetro.
Piensa, piensa en algo, tonta.
Lo intenté, pero mis ojos expandidos por el terror no podían hacer otra cosa que mirar al final del pasillo, a aquella negrura sin fin.
Él estaba ahí. Iba a atraparme si no hacía algo.
Intenté regular mi respiración y pensar. No era humano, me recordé. Pero...
—No lo hagas —gruñó al fondo.
Giré en dirección al gran ventanal que estaba a mi izquierda. Ni siquiera lo pensé dos veces. Tomé la pequeña pieza de mármol que estaba a mi derecha y la lancé con todas mis fuerzas. La ventana se rompió en cientos de pedazos y corrí a través del hueco que había hecho.
La fuerza de la lluvia me cegó de inmediato, el aire me hizo retroceder un paso. Estaba helando ahí afuera.
Pero comencé a moverme. Un paso y luego otro, hasta que empecé a correr. Mis pies se hundían y resbalaban en el pasto hecho lodo, las piernas comenzaron a dolerme por todo el esfuerzo extra que estaba haciendo.
El campo a mi alrededor estaba sumido en la oscuridad, no podía ver hacia donde estaba corriendo, todo lo que sabía era que tenía que alejarme de ese lugar.
Cuando empecé a vislumbrar los árboles sentí que casi lo había logrado, casi... porque la figura que aterrizó frente a mi me hizo patinar y perder el equilibrio.
El grito quedó atorado en mi garganta cuando mis ojos se elevaron y observé en todo su esplendor al hombre parado frente a mi.
Estaba en el infierno o el infierno había venido a mi.
El Ángel Caído se alzaba con una altura impresionante y amenazante, todo su cuerpo era una masa de músculos marcados, como si hubiera sido tallado por las manos de un mismo dios. Sus alas negras extendidas en todo su esplendor alzándose detrás de él de una manera imponente y desafiante.
Jadee cuando miré su rostro simétrico y encontré dos ojos dorados que me miraban con fijeza.
—¿En serio creíste que podías escapar de mí? —preguntó con burla.
A pesar de la lluvia, del rugido del cielo y los truenos, pude escuchar su voz con claridad. Esa voz masculina y afilada.
Comencé a arrastrarme en el suelo hacía atrás, incapaz de confiar en mí misma para ponerme de pie.
Él comenzó a caminar también, con pasos cortos.
—¿Sabes cuantas personas lo han intentado y han fallado? —sonrió. —¿Sabes cuántas de ellas han sobrevivido?
Él se puso de cuclillas, tomó uno de mis tobillos y me jaló hacía él. Grité tan llena de horror que no me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que el sollozo brotó incontrolable de mis labios.
—Esta vez vamos a jugar a mi manera, ¿Entendido? —puntualizó con un tono bajo de amenaza.
Negué con la cabeza, había llegado al punto máximo de mi autocontrol.
—Déjame ir, por favor —sollocé.
El ángel me observó con aquellos ojos dorados que brillaban como si tuvieran luz propia en el interior. Sentí como repasaba cada centímetro de mi rostro hasta que sus ojos se detuvieron en mi cuello donde descansaba una cadena de oro con una cruz.
Sentí que todo el aire salía de mi sistema cuando él me la arrebató de un jalón.
—Siempre tan hipócrita, Maven. Vamos a tener que reivindicar eso —y para reafirmarlo deshizo la cadena en sus manos.
El metal se volvió líquido como el agua y comenzó a escurrirse por su palma, como si su piel fuera fuego ardiente. Fuego del infierno.
—Así está mejor.
—Por favor... —rogué.
Él sonrió con deleite. No me atreví a moverme cuando él deslizó una mano por mi mejilla.
—Querida Maven —susurró mirándome. —Es una lástima que siempre compliques las cosas.
—No sé de qué estás hablando...
—Ay, tan típico de los traidores hacerse las víctimas.
Él se alejó aún sin ponerse de pie.
—Trabajaremos juntos como lo hemos hecho antes. Ahora encuéntrame y despiertame.
Me quedé pasmada mirándolo.
La lluvia golpeando mi rostro era algo tan irrelevante comparado con lo que tenía frente a mi. Aquellos ojos miel mirándome con burla y deleite.
Encuéntrame y despiertame.
Mis ojos se cerraron sin poder evitarlo.
Como si mi mente hubiera tenido un interruptor y alguien lo hubiera apagado.
